LOS PIES SOBRE LA TIERRA

 


     Mi fascinación por él se produjo después del segundo año de universidad. De pronto y de la nada lo empecé a encontrar más atractivo de lo evidente. Siempre ha sido bello, pero algo pasó en mí a partir de ese año que cautivó mi atención.

    Era muy tradicional y se vestía bastante formal para estar en la universidad. Seguramente porque provenía de una familia muy conservadora, cosa que a mí me fascinaba.

    Ambos compartíamos una pasión por los zapatos, pero en mi caso solo quedaba en el deseo, ya que mi situación económica era bastante precaria. Incluso estudiaba en la universidad con beca, cosa que muy pocos sabían.

    Recuerdo que en una de nuestras conversaciones, él me dijo que en lo primero que se fijaba en una mujer era en su calzado. Cuando oí eso, crucé mis talones por debajo de la silla para que no se vieran mis zapatos viejos.

    Ese segundo año me preocupé más de lo habitual por mi calzado; no tenía muchos; sin embargo, me preocupaba en exceso por mantenerlos limpios. Impecables, para que se vieran lo más nuevos dentro de lo posible.

    Conforme el tiempo fue pasando, nuestra relación se fue profundizando y sentía que había una conexión entre ambos que iba más allá de una simple amistad.

    Mis conversaciones con él eran habitualmente dentro de la universidad hasta que un día me invitó a su casa para que sus padres me conocieran. Ese día un escalofrío recorrió mi cuerpo, ya que de inmediato pensé en qué me pondría para causar buena impresión.

    La ropa la podía improvisar, pero los zapatos no. Ahora tengo un problema por resolver.

    Al llegar a mi casa, miré los escasos ahorros que guardaba dentro de un tarro y confirmé que no me alcanzaban para comprar zapatos nuevos. Pedirle dinero a mis padres no era una opción; aun así, decidí ir al mall a ver si encontraba algo. Quizás con un poco de suerte descubría algo que se ajuste a mi presupuesto, aunque en mi interior sabía que eso era casi imposible.

    Como de costumbre, el mall estaba atiborrado de gente pululando. Rápidamente me dirigí a la tienda de zapatos que me gustaba. Había tanto público que las 2 personas que atendían corrían de un lugar a otro atendiendo a 3 personas al mismo tiempo.

    En una de esas carreras, intercepto a uno y le pido unos zapatos que vi en el exhibidor. Me miró con cara de angustia, me dijo: “Ya se lo traigo” y siguió su frenética carrera.

    Pasados varios minutos, me topo con su vista y le hago señas de que aún espero. Se llevó la mano a la frente y partió a buscarlos.

    Me trajo los zapatos y siguió corriendo.  Abrí la caja y los vi. Eran maravillosos. Sentí que estaban hechos para mí.

    Me saqué mis viejos zapatos y me los probé. Calzaron como los de la Cenicienta; eran perfectos para mí. Me hacían sentir elegante, casi como si pudiera tocar el cielo. Me puse de pie mirando hacia abajo y se veían preciosos. Volteé a mirar el reflejo del único espejo que había y confirmé lo hermoso que me quedaban. Eran para mí, sin duda.

    Mientras nadaba en dopamina, tomó la caja y, al ver su precio, volví a poner los pies sobre la tierra.        Su precio superaba por varios ceros al dinero que yo traía.

    Si uso la tarjeta de crédito que me dio mi papá, se dará cuenta del gasto y estaré castigada lo que me queda de vida. Sería una muy mala opción.

    Mi mente funcionaba acelerada, intentando encontrar la manera de que esas preciosuras fueran mías. Y como la tienda estaba tan llena, nadie interrumpió mis pensamientos preguntándome si los quería llevar o no.

    De pronto, un pensamiento se cruzó con fuerza. Andaba con mi mochila casi vacía y, al fijarme bien, los zapatos no tenían alarma a la vista. Cabían perfectamente ahí; además, con la cantidad de gente que había, nadie se daría cuenta si los echo a la mochila.

    Comencé a transpirar antes de hacer cualquier cosa; sin embargo, la situación era ideal para lograr mi objetivo. Tener esos zapatos.

    Nerviosamente miro a mi alrededor buscando a los vendedores, pero ellos seguían en el mismo ritmo de llevar y traer zapatos; y cada vez había más personas pidiendo zapatos.

    La señora más cercana a mí ya tenía 3 pares desparramados y esperaba el cuarto para seguir probándose.

    Con un nudo en el estómago y sin pensarlo más, los guardé en mi mochila sin que nadie lo notara.     Cierro la mochila mientras las gotas de sudor en mi frente comenzaban a delatarme.

    Intento mantener una respiración constante y profunda para no mostrar mi nerviosismo. Solo quería salir corriendo de ahí, pero pensé que tenía que hacer justamente lo contrario. Moverme como si nada sucediera.

    El vendedor pasa cerca de mí y me pregunta cómo me habían quedado. Mientras secaba la gota de sudor que estaba a punto de caer sobre mis ojos, le digo que todo bien, pero no estaba segura de llevarlos.

—Le dejé los zapatos en la caja. Asintió y siguió su carrera.

    El cronómetro para salir de ahí había comenzado, ya que si se daba cuenta de que los zapatos no estaban en su caja, tendría un problema de marca mayor.

    Fingí seguir mirando otros modelos, pero el tiempo apremiaba para salir. No despegaba mi vista del vendedor para saber si se acercaba o no a la caja vacía.

    Enfilo hacia la salida con la espalda mojada por los nervios, que afortunadamente me cubría la mochila.

    Estoy saliendo de la tienda cuando las alarmas comienzan a sonar. Trago saliva, giro mi cabeza para mirar el entorno y veo que a mi lado iba saliendo una pareja con muchas bolsas, y también una señora elegante de edad avanzada.

    El guardia se pone alerta y veo cómo el vendedor que me atendió se acerca a la salida. Estoy perdida, pensé. ¿Cómo voy a explicar esto a mis padres? Y todo por causar una buena impresión a mis futuros suegros.

    El guardia se acerca mirando a todos. La única que reaccionó a abrir la bolsa fue la señora elegante, que abrió su bolsa y miró el interior.

    Mis rodillas comenzaron a tiritar y pensé en salir corriendo de una vez. Quizás al menos tendría la posibilidad de escapar.

    El vendedor se acerca mirándome directo a los ojos y de pronto gira su cabeza hacia la señora. Ella ya tenía los zapatos fuera de la bolsa y, mirándola fijamente, le dice:

—Disculpe dama, olvidé quitarle la alarma a sus zapatos.

    Mi mandíbula estaba apretada, mi espalda mojada y, sin poder respirar, doy el primer paso, el segundo, apuro el compás y tomo la escalera mecánica…

¡Soy libre!

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