EL MATRACA




    Corría el año 1985 y con mis compañeros quisimos formar un grupo musical. Todo esto motivado porque a la Joaquina le regalaron un triangulo, uno de verdad marca Arko. Y como la Paula tocaba el metalófono mejor que nadie, se nos ocurrió la idea, en realidad a mí.

    La misión era reclutar a Rodrigo, que tocaba la guitarra para la iglesia. A priori no le gustaba eso de las bandas o grupos de música; eran herejes decía, pero seguro con una Coca-Cola lo convencíamos.

    Para desgracia mía, a pesar de ser yo quien organizaba todo, era el único que no tenia instrumento ni talento.

    Me encantaba la batería, probablemente porque sentía que era solo darle golpes al tambor y listo. Como mis padres jamás me comprarían una, tenía que improvisar.


    Agarraba lo tarros de leche Nido, y le daba. Obviamente, duraban el día, ya que mi mamá irrumpía violentamente en mi pieza y, sin decir palabra alguna, me miraba fijamente a los ojos, tomaba el tarro y, si dejar de mirarme, cerraba la puerta de mi pieza.

    Después evolucionó a quitarme también los palos que usaba de baquetas.


    Me di cuenta de que sus palillos para tejer me servían de baquetas. Cuando se dio cuenta, los escondió. Era como una guerra de estrategia entre yo y ella.


    En mi casa, mi papa me bautizo “El Matraca”, por la cantidad de bulla que yo producía al día, según él. Mal nombre a mi parecer; podría haber elegido uno más decoroso, pero en fin.


    Volviendo a la banda de colegio, tenía que buscar alguna alternativa pronto para poder ser parte de ellos. Las ironías de la vida. Yo era el fundador y quedaría fuera por no tener que tocar.


    En la clase manualidades, el profesor dedicó una hora completa a enseñarnos la fabricación de instrumentos con desechos. No era una clase que me gustara en particular, pero mi mente se abrió a las posibilidades. A mitad de la clase dijo: – Les voy a enseñar cómo hacer una Sambina casera.

    Hasta ese instante no tenía la menor idea de qué es eso. Nos mostró una foto y mi mente encontró la respuesta que buscaba para pertenecer a la banda. Eso haría.

    Con un palo de madera, unas tapas de gaseosa y un par de clavos podía superar el escollo de no tener instrumento. Y lo que era mejor para mí, no me exigía un gran conocimiento musical para ejecutarla.

    Golpe para allá, golpe para acá y estaría listo.


    Le puse atención a su fabricación y le pedí que me regalara la que había hecho en clases. El accedió, por lo que me fui contento a casa, teniendo el instrumento que me serviría para seguir liderando mi banda escolar.


    En casa, me puse a practicar, con la idea de disimular mi falta de oído. 

    Prendí la radio y comencé a intentar seguir el ritmo con mi nueva Sambina, o Matraca, como la bauticé por mi apodo en casa.


    La verdad es que no sonaba muy bien; de hecho, sonaba bastante mal, un ruido incómodo y bastante desagradable.

    Mi radar de bulla llegó rápidamente. Mamá estaba en mi pieza en los primeros acordes de la canción de la radio.

    Como de costumbre, sin decir palabra alguna, me mira, me lo saca de la mano y me cierra la puerta.


    La situación para mí estaba pasando a castaño oscuro, ya que era mi propia madre la que me desincentivaba, o peor aún, me boicoteaba mi proyecto.

    Le mentí diciendo que tenía que practicar para la clase de música, y nuevamente me miro sin decir nada y se fue.


    Dadas las circunstancias, tuve que tomar medidas más drásticas y decidí salir en busca de los elementos que necesitaba para construir otra Matraca.

    No me fue difícil, ya que, como dijo el profesor, todo está a la mano, ya que son desechos.

    Encontré un palo de escoba saliendo de la casa, y no tuve que caminar mucho para empezar a encontrar tapas de bebidas. Encontré las que me faltaban en el basurero de la plaza, así es que estaba listo.


    Esperé a que mamá saliera y comencé a fabricarla. Palo, clavos y las tapas. No me demoré mucho en tener mi segunda versión de la Matraca. Sonaba horrible, pero según mi escaso conocimiento musical me serviría igual para el objetivo.


    Esta vez me puse en el living a practicar, para sentir cuando mi mamá llegaba a casa y esconderla. Todo perfecto, encontré la forma de practicar sin que mi mamá me vuelva a decomisar el instrumento.


    Tuvimos el primer ensayo con la banda ya completa. Rodrigo, tal como lo anticipé, aceptó sin problemas tras regalarle una Coca-Cola, que tanto le gusta.

    Todo estaba perfecto; partimos con la primera canción. Sonó horrible. Cada quien para su lado y todo disfuncional.

    Como director autonombrado del grupo, los detuve para poder ordenarnos. De pronto, Rodrigo comenzó a tocar un tema que conocía y Joaquín, con su triangulo, comenzó a seguirlo. No tardo mucho en acoplarse Paula con su metalófono, y de pronto todo comenzó a fluir. Era el momento indicado para entrar, y comencé.

    No paso mucho tiempo cuando Rodrigo detiene todo y dice: “Tu Matraca suena horrible”. Complicado con la situación, y con el temor de perder mi liderazgo dentro del grupo, le dije que lo que falta era alguien con tambor. La verdad es que no era necesario, pero ese tambor me ayudaría a tapar el horrible sonido de mi Matraca.

    Yo no iba a abandonar el proyecto, mucho menos si era mío propio. Tenía que buscar la forma mas estratégica de hacer que mi Matraca sea necesaria dentro del grupo.


    Busqué al compañero más descoordinado que conocía y le propuse ser parte de la banda. Por supuesto aceptó, ya que era de los que nadie tomaba en cuanta para nada.

    Le pedimos el bombo folclórico al profesor de música y estábamos listos. Había tambor.


    Nos juntamos a ensayar de nuevo, y como era de esperar, y según mis planes, todo se concentró en el tambor, ya que no solo iba arrítmico, sino que además sonaba espantoso, ya que era viejo y estaba algo agrietado.

    Perfecto, dije yo. El foco se está corriendo de mi Matraca.

     Hasta me permití aleccionarlo sobre como seguir ritmos con el tambor.

    En la guerra todo vale, dice el dicho, y yo no iba a renunciar a al banda que yo mismo había formado.     Mi Matraca y yo éramos uno.


    Después de numeroso ensayos, todo se apaciguó. De alguna forma logramos que todo sonara al unísono, y eso nos entusiasmó a todos.

    Nos aventuramos con otro tema. Al final, ya teníamos 3 ensayados completos.


    El profesor de música, al vernos tan involucrados, nos dijo que hablaría con la directora para que podamos presentarnos como parte del show de la graduación de los alumnos que egresaban ese año, y por fortuna para nosotros, ella aceptó.


    El día de la presentación, todos estábamos muy nerviosos. Era nuestro debut como banda y lo sabíamos. Uno sabe donde comienza, pero no dónde termina. Quizás éste sería el inicio de un gran futuro para todos, y yo en particular, me sentía muy satisfecho por haber sido su mentor.


    Nos toca. Las luces se apagan, entramos al escenario a oscuras y nos presentan.


    Partimos la canción, y cada uno ya sabía perfectamente cuando le tocaba entrar al tema. Todo sonaba de maravilla, y era mi turno. Con todo el entusiasmo del mundo, me preparé, tomé con fuerza mi Matraca y partí.

    Rápidamente la cara de los padres que estaban en las primeras filas comenzaron a contorsionarse, y a mirarse entre ellos. Mi padre esbozó una sonrisa algo burlesca, y mi madre, meneó la cabeza en señal de desaprobación.

    Si hubiese estado en casa, me la habría quitado, pero no estábamos ahí, y yo tampoco estaba solo, estaba con mi grupo. Erguí la cabeza y la hice sonar con más fuerzas que nunca. Fue un momento sublime para mi. La noche fue perfecta y nos lucimos como nunca.


    El tiempo pasó y no nos dejaron tocar nunca más en ningún evento del colegio; el grupo se disolvió y todo quedó en nada, pero no importa, mi Matraca y yo tuvimos ese día, nuestro minuto de fama. 

Todos los que estaban en esa presentación, recuerdan hasta el día de hoy… 

A mi Matraca…


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