SIN MENTIR
Conocí a Leonidas en la universidad y, apenas lo vi, llamó mi atención. Era imponente, rudo, un magnífico ejemplar ante mis ojos. De esencia masculina y lleno de una energía que lo hizo único para mí. Cuando me lo vi por primera vez, me hice la desentendida, casi como si no existiera, cuando en la realidad me volvió loca desde el primer instante. Era el perfil de hombre que siempre me había gustado, pero no había tenido la oportunidad de conocer. Mis amigos y compañeros son esa generación de hombres más delicados, por decirlo de alguna manera. No gay, sino un poco más finos de lo que yo tenía en mi mente que debía ser un hombre, casi como unas princesas en versión masculina. Todo esto quizás por la imagen de mi padre, que, además de ser un gran abogado y hoy juez de la ciudad, nunca descuidó esa esencia que lo hacía atractivo para mi madre. Es alto, hace deporte cada vez que el tr...