SIN MENTIR
Conocí a Leonidas en la universidad y, apenas lo vi, llamó mi atención.
Era imponente, rudo, un magnífico ejemplar ante mis ojos. De esencia masculina y lleno de una energía que lo hizo único para mí.
Cuando me lo vi por primera vez, me hice la desentendida, casi como si no existiera, cuando en la realidad me volvió loca desde el primer instante.
Era el perfil de hombre que siempre me había gustado, pero no había tenido la oportunidad de conocer. Mis amigos y compañeros son esa generación de hombres más delicados, por decirlo de alguna manera. No gay, sino un poco más finos de lo que yo tenía en mi mente que debía ser un hombre, casi como unas princesas en versión masculina. Todo esto quizás por la imagen de mi padre, que, además de ser un gran abogado y hoy juez de la ciudad, nunca descuidó esa esencia que lo hacía atractivo para mi madre.
Es alto, hace deporte cada vez que el trabajo se lo permite y es muy preocupado de sí mismo, pero no solo a nivel físico, sino también intelectual.
Mi padre es de esos hombres que, cuando se pincha la llanta, la cambia él mismo sin tener que llamar a una grúa para algo tan sencillo.
Mi madre es la típica mujer, muy femenina. Delicada, fina y muy culta. Atributos que sin duda fueron los que enamoraron a mi padre.
Ellos dicen que fue amor a primera vista.
Para fortuna o pesar mío, depende desde dónde se mire, ellos son muy tradicionales, y las únicas parejas que han aceptado, con una sonrisa en la cara, han sido novios más bien formales, educados y con una fineza que casi raya en lo femenino.
Leonidas despertó en mí ese instinto animal, ese de reproducción, protección y todo lo que hace a un hombre, hombre.
Realmente me encantó y siento que se me sale por los poros, por lo que trato de mostrarme distante, fingir que no me interesa nada. Todo vale con tal de que no se dé cuenta de que me derrito por él.
La mayoría de mis compañeras se fueron justamente por el camino contrario. Mucho coqueteo y desplegando todo su plumaje para ser vistas por él.
Me encanta, Dios sabe que sí, pero debo mantener un perfil bajo si quiero que me tome en serio.
Se ve que es un hombre vivido. Con experiencia, pelos en el cuerpo y esa masculinidad que me derrite.
Si bien proviene de una familia con una situación socioeconómica envidiable, por algún motivo se esfuerza en comportarse de la forma opuesta a su cuna. Más parece un delincuente que un hijo de familia, cosa que a mí no me importaba; más bien, me llamaba más la atención.
Me ha tocado hacer un par de trabajos con él y me he mantenido estoica en mi frialdad para no arruinar el plan de mantener la distancia.
Este fin de semana nos toca organizar la fiesta para los alumnos nuevos de la universidad. Los que vienen entrando este año. Y yo, como estoy en casi todas las comisiones que se han armado en la universidad, me tocará estar en la organización ayudando. Me encanta todo lo que sea ayudar.
Realizo ayudantías gratuitas para alumnos que no pueden contratar a un profesor particular, junto víveres para ayudar a colegios vulnerables y gran número de actividades más que no te contaré ahora para no aburrirte.
Por alguna razón, Leonidas también quiso ayudar a organizar la fiesta, pero me dio la idea de que lo hizo solo para conocer más compañeras. Tengo la sensación de que conquistar chicas es su razón de ser en la vida.
Aquella noche la fiesta iba normal, y a mí me tocó trabajar en la barra. Apenas él se dio cuenta de que yo me encontraba ahí, fue a pedir una cerveza.
Cuando me percaté de que se acercaba, mis piernas comenzaron a temblar. Estaba increíblemente guapo, se veía increíble y era como si brillara con luz propia.
No sé si mi apreciación era objetiva o mis hormonas me estaban jugando una mala pasada, así que intenté conservar la calma y mantenerme estoica en mi rol de “no me importas”.
Con voz ronca me pidió una cerveza.
—No sabía que trabajarías en la barra.
—Sí, me ofrecí para estar acá y ayudar.
—¿Vas a tener libre en algún momento de la noche?
—Yo creo que no.
Por dentro, mi corazón y mi cuerpo me gritaban: ¡Dile que sí!
Pero mantuve mi rol de indiferencia sin que se moviera un músculo de la cara. Pero, por otro lado, pensé que tenía que aflojar un poco si quería que algo pasara entre ambos.
Conté hasta 3 y le grité:
—¡Pienso que me desocupo como en media hora!
—¡Excelente! Paso por ti a esa hora y bailamos algo.
Se sonrió coquetamente mientras sus ojos verdes se achicaban. Era como si sonriera con ellos mientras me miraba.
Estaba en el cielo; las piernas no me habían dejado de temblar, pero no se veían, así que no importaba.
No dejé de mirar el reloj hasta que apareció. Con mucha sensualidad me tomó de la mano y, sin soltarla, me guió hasta salir de la barra.
Tomamos 2 cervezas que dejé servidas intencionalmente y nos dirigimos a la pista de baile.
Me sentía levitando mientras caminaba con él. Y en cierto modo parecía una reina mientras las endiosas me miraban preguntándose cómo lo había hecho.
Llegamos a la pista de baile y lo que menos hicimos fue bailar. La conversación surgió de forma natural, y todo lo que vino fue espontáneo, casi orgánico.
No pude resistirme a sus encantos. Parecía ser que mientras más intenté ignorarlo, más expectativas se me crearon de vivir un momento como ese.
Si bien se comportaba como un caballero, no era menos cierto que el humor fue protagonista esa noche, lo que me hizo relajarme muy rápidamente y a él también. Sentí que fue como sacarse las máscaras; solo éramos él y yo.
Ese día mis padres sabían que no llegaría a casa, ya que cuando se empezara a apagar la fiesta, nos iríamos a casa de Marcia a terminar la noche. Un maravilloso plan sin presión alguna.
Como a mitad de la noche, Leonidas fue por las últimas cervezas y, al volver, yo estaba conversando con un compañero muy amigo. Llegó y, sin decir nada, me dio un beso.
Me descolocó por completo y mi amigo solo se sonrió, se dio media vuelta y desapareció en la fiesta.
Me acercó a él tomándome por la cintura con su brazo derecho y me volvió a besar. Literalmente sentí que estaba levitando y, a esas alturas, todas mis armaduras se habían caído una a una al son de la música.
A partir de ese momento, todo fue pasión. Ese lenguaje no verbal que dice todo. Había deseo, complicidad y fuego entre ambos.
Tomamos la cerveza y me dice:
—Vamos a mi departamento.
—¿Vives con alguien? —le pregunto.
—No, solo
Mi lado responsable del cerebro me decía: ¡No!
Pero todo el resto de mi cuerpo me decía: ¡Anda!, y fui.
Todo lo que pasó esa noche fue increíble. Casi sentí que lo amaba. Nunca me había sentido así con alguien. Era como si hubiese encontrado a mi hombre perfecto.
De pronto, cansada y con mi piel aún húmeda por el sudor, comencé a quedarme dormida. Miro entre ojo y veo que se está levantando.
—¿Dónde vas?
—A comprar cigarrillos, vuelvo pronto.
Se acerca y, muy suavemente, me besa. Me mira fijo a los ojos y me dice:
—Siento como si nos conociéramos desde antes, es como si ya te amara.
Lo miro mientras y me derrito.
Como estaba tan cansada por el intenso día que me había tocado, no insistí más y me quedé dormida mirando su bello cuerpo mientras se iba.
Por la mañana, un rayo de sol me abrió los ojos. Lo primero que hice fue mirar al lado en la cama y no estaba. Mi mente pensó mil cosas, pero primó la preocupación.
Por todo lo que vivimos anoche, sería raro que no haya llegado por salir de fiesta, por lo que de inmediato pensé en algo malo.
Tomo mi celular para ver si tenía algún mensaje o llamada y nada. Inmediatamente y con mis ojos aún abriéndose, marqué su número y me sonó apagado. Mi preocupación hizo que me despertara más rápido aún.
Fui a la cocina por un café mientras pensaba qué podría haber sucedido.
De pronto me llegó un mensaje de mi papá para saber si estaba bien.
—Todo muy bien— le contesté —lo pasé increíble.
Él no sabe que me quedé acá, por lo que rápidamente reaccioné a decirle a mi amiga que, si la contactaban, dijera que yo había pasado la noche con ella.
Mientras mi mente seguía pensando qué podría haber pasado, se me ocurrió contactar al mejor amigo de Leonidas. Le pregunto por mensaje de texto si sabía algo y no me responde, por lo que decido llamarlo. No contesto.
Esto acrecentó mis pensamientos de alguna desgracia. Dejé pasar unos minutos mientras me terminaba mi café y me iba a la ducha para volver a llamarlo.
Aun con el pelo mojado, vuelvo a intentar comunicarme con él.
Me contesta; tenía voz seria, cosa que era rara en él, ya que siempre estaba bromeando.
Me dice que Leónidas está detenido. Que lo había tomado preso la noche anterior, pero no sabía el motivo.
—¿Dónde está?
—En la estación de policía de la ciudad
—Voy para allá.
Cuando llegué a la estación de policía, me atendió un oficial muy afable, al que le pregunté por Leonidas. Me miró y me preguntó si yo era familiar de él, a lo que respondí que no.
Sentí que algo en mi interior me vibraba y no para bien.
—¿Por qué motivo lo detuvieron?
—No le puedo dar información si usted no es un familiar de él.
Mi corazón comenzó a latir rápido. Por un lado, mi preocupación iba en aumento y, por otro, una rabia porque no me decían qué había sucedido.
Como estaba en una estación de policía, le puse freno a cualquier intento por alzar la voz para exigir me dieran información. Opté por mirarlo con cara de preocupación y le dije si podía darme alguna información.
Me miró con cara de hermano mayor y me dijo:
—Lo único que le puedo decir es que él no se encuentra acá, ya que fue trasladado a los tribunales…
¿Tribunales?, ¿y para qué querrían derivarlo a tribunales? ¿Qué podría haber hecho tan grave que amerite que lo lleven a tribunales?
Por otro lado, pensaba en qué momento sucedió todo. Cuando se fue a comprar cigarrillos, solo quedaban un par de horas antes de que amaneciera.
Quizás lo tomaron detenido por alguna pelea, o por andar pasado de copas por las calles. No sé.
Mi mente explotaba en conjeturar qué podría haber sucedido.
Pensé en llamar a mi papá y preguntarle, pero delataría que no pasé la noche donde mi amiga. Y en los códigos de mi familia, mentirle a mi papá es pecado capital, así que opté por no hacerlo.
Me estaba yendo de la estación de policía cuando me topo con otro oficial entrando a la comisaría, y mi mente rápidamente espetó la pregunta:
—Oficial, ¿dónde queda el tribunal donde llevan a los detenidos?
Sacó una libreta de apuntes y escribió la dirección.
Con una sonrisa en la cara, le agradecí.
Como la hora estaba pasando, le escribí a mi mamá que todo estaba bien y que me quedaría a almorzar donde mi amiga para que no se preocupara. Esto me daba toda la mañana para saber qué pasó.
Saqué de mi mochila el celular para buscar la dirección y, según el mapa, estaba a una cantidad de cuadras que perfectamente las podía realizar caminando, por lo que partí.
Mientras caminaba, pensaba que seguramente todo se debía a un malentendido.
Cuando estaba en eso, me llamó el amigo de Leonidas preguntándome si sabía algo. Le conté todo lo que me había pasado y hacia dónde iba. Rápidamente me dijo que iría para allá, cosa que me aliviaba un poco, ya que es mejor vivir estas cosas acompañada que sola.
Llegué al tribunal y consulté por Leonidas. El guardia me miró con cara de extrañeza y me dijo que él no tenía esa información, pero que pasara y consultara adentro.
Revisó mi mochila y me dejó pasar.
Me dirigí al mesón de informaciones, donde había una mujer tecleando su celular. Le conté que buscaba a Leonidas y quería saber si se encontraba ahí.
Interrumpió su tecleo mirándome fijo y con desagrado me pidió los dos apellidos de él. No los sabía, solo me acordaba del primero, pero imaginé que por el nombre sería más fácil encontrar su caso.
Me miró con la misma expresión y me dijo que sin el segundo apellido no me podía dar información…
¡Dios!
Mis manos apretaron la mochila y mis mandíbulas casi hicieron chirriar mis dientes de rabia. Sin sacar la sonrisa de la cara, le iba a rogar que me diera algo de información cuando me tocan el hombro. Era el amigo de Leónidas. Lo miro y le pregunto si sabe el segundo apellido. Se lo dimos a la amable recepcionista y nos dio el número de la sala del tribunal donde sería enjuiciado.
Al igual que en un aeropuerto buscando la puerta de embarque, nos dirigimos hacia allá.
Dimos con ella y se encontraba cerrada. Con algo de valentía tocamos suavemente la puerta esperando oír el: "¡Pasen!", cosa que no ocurrió.
Estábamos en eso cuando la persona encargada del aseo nos mira con una sonrisa y nos dice: "No hay nadie dentro". Yo vengo a abrir.
Sacó un manojo de llaves al estilo San Pedro, eligió una y abrió la puerta. Entró, encendió las luces y nos dijo: "Pasen". Deben esperar acá y, cuando el juicio comience, deben tener sus móviles apagados.
Con el correr de los minutos llegaron un par de personas más, dentro de las cuales había una mujer mayor que se veía notablemente acongojada.
Estaba en eso cuando se abre una puerta por la que entra Leonidas, con una chaqueta sin mangas color amarillo fluorescente y sus manos esposadas en la espalda. El gendarme le cambia las esposas hacia delante y lo hace sentarse, quedándose detrás de Leonidas.
Mi mente no entendía nada de lo que estaba sucediendo, pero con todo lo intenso que vivimos ayer, sentí que era necesario y leal de mi parte acompañarlo en esta situación.
Los minutos siguieron avanzando y nada sucedía hasta que entra una persona que se sienta al lado del estrado, acomoda una máquina de escribir eléctrica y anuncia la entrada del magistrado…
Entra el juez y mi piel se volvió blanca en cosa de segundos. Mi pulso se aceleró y mis ojos se abrieron.
Él se da cuenta de que estoy ahí. Mueve su cabeza en señal de reproche y, sin decir una sola palabra, se sienta en el estrado.
La sangre aún no corría por mis venas mientras pensaba cómo le iba a explicar esto. El juez era mi padre.
Con seriedad toma unas hojas, las acomoda, aclara su garganta y dice:
—Damos comienzo al juicio contra el señor Leonidas por homicidio en primer grado contra su expareja ocurrido la noche de ayer…

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