TAREA PARA LA CASA
Don Manuel era profesor de secundaria en una escuela muy modesta en las afueras de la ciudad. Su enorme vocación a la docencia lo hacía querido y respetado; no solo por sus alumnos, sino también por sus colegas.
Conocía a algunos de los padres de sus alumnos, con quienes tenía una extraordinaria relación, porque veían en este profesor un aliado para evitar que sus hijos tomaran un mal camino de vida.
Era conocido por su enorme voluntad a la hora de ayudar a cualquier alumno que lo requiriera. Con una disposición infinita, el tiempo jamás le faltaba para responder una pregunta o explicar alguna materia.
Su mayor satisfacción no era el dinero que ganaba, que no era mucho, sino ver que sus alumnos entendían su materia y lograr que se superaran, además de hacerlos sentir validos.
A diferencia de otros profesores que humillaban a sus alumnos, o los exponían a situaciones que los avergonzaban, él optaba por esa pedagogía antigua; esa que guiaba y acompañaba, que apoyaba a cuanto alumno se topaba con él.
Era tal su voluntad, que no solo lo buscaban los alumnos de su clase, sino de otras también.
Don Manuel vivía muy cerca del colegio. Antiguamente era un barrio hermoso que con el correr de los años fue perdiendo ese espíritu y convirtiéndose lenta pero sostenidamente en un mal barrio.
La llegada de la droga y vecinos indeseados, sumado a la paulatina huida de sus antiguos vecinos, lo hacia preocupante; sin embargo, él nunca quiso moverse ahí, ya que lo sentía como su tierra, su barrio, su gente, decía.
Ese día transcurrió igual que todos. Fue al colegio y le tocaba clases con los mas grandes de la secundaria. Con ellos se llevaba muy bien, ya que se sentía mas libre de contar alguna anécdota que con los mas pequeños no lo podía hacer.
El humor era importante para él y pensaba que era parte fundamental para crear lazos con sus alumnos y facilitar la compresión de su materia.
En ese curso destacaba un alumno, no por sus sobresalientes calificaciones, sino por ser el alma del curso. Siempre con un chiste en la boca, que alegraba no solo a sus compañeros, sino también a los profesores.
Se le perdonaban sus pequeñas indisciplinas por ese enorme sentido del humor que tenía. Se llamaba José Patricio Andrés, pero todos lo conocían simplemente por Pepe.
El Pepe provenía de una familia muy disfuncional, por lo que el solo el hecho de que viniera a clases era un gran logro para sus profesores. De alguna forma sentían que estaban contribuyendo a sacar a ese joven de una mala vida.
No era una persona agresiva, pero sí criado en la calle mas que en su hogar, el cual no tenia. Se movía por los códigos de la calle y, si le tocaba defenderse, lo hacia con destreza. El cariño se lo había ganado por su simpatía y picardía, una mente rápida siempre atenta a disparar algún chiste en el momento justo.
Ese día tocaba clases con don Manuel, a quien el Pepe quería mucho, ya que lo hacia sentir valorado. Era la imagen de un papá que nunca tuvo.
Como de costumbre, la clase se hizo muy amena, no solo porque la materia era entretenida ese día, sino porque parecía que todos ese día se confabularon para que fuese entretenida.
Sonó el campana y todos salieron con una sonrisa en su rostro. Don Manuel tomó sus cosas y partió rumbo a su casa. Allá lo esperaba su esposa como siempre, para comer y ver una película en la cama antes de dormir.
Eran fanáticos del cine clásico, por lo que decidieron ver por vigésima vez la película “Lo que el Viento se llevó”.
Don Manuel estaba muy cansado ese día, por lo que lentamente comenzó a entrar en sueño. Cada tanto su esposa lo movía para que siguiera viendo la película, pero al ver que su cansancio era real, dejó que se durmiera.
Estaba comenzando un bello sueño cuando repentinamente su esposa lo mueve bruscamente sin decir palabra. La televisión estaba encendía pero ella le había bajado el volumen. Algo consternado por la violenta interrupción a su descanso, la mira. Y antes de articular palabra, ella le hace una seña para que se mantenga en silencio.
Luego de enfocar sus somnolientos ojos, vio en ella una expresión de temor.
– ¿Oíste eso?, le dijo ella.
– Estaba quedándome dormido, no oí nada. ¿Qué pasa?
– Hay un ruido abajo Manuel.
Don Manuel puso atención y se dio cuenta de que era cierto. Rápidamente apagó la televisión y muy lentamente tomó su bata, la linterna que tenia en el velador y partió cauteloso a ver de que se trataba.
–Anda con cuidado, le expresó ella.
Con la mano le hizo señas de que se mantuviera en silencio.
El momento era tenso, ya que a medida que se acercaba a la escalera, se dio cuenta de que los ruidos no solo eran ciertos, sino de que tampoco sabía como procedería.
Pensó gritar desde el segundo piso, pero concluyó que al hacerlo arriesgaría la seguridad de su familia, por lo que optó por bajar.
Su vieja linterna con una tenue luz amarillenta, no le ayudaba mucho para ver. Cuando por fin puso el pie en el primer escalón para bajar sintió que los ruidos se apaciguaron.
Con algo más de confianza, y pensando que solo había sido un gato que entró a su casa, se envalentonó y siguió bajando con paso mas seguro.
Al llegar al ultimo escalón, logró ver una silueta detrás del sofá.
Su corazón latía rápido y un escalofrío recorrió su cuerpo. Ya estaba ahí, no había vuelta atrás.
En lo profundo de su corazón sabia que, por cómo se encontraba su barrio actualmente, esto podía pasar.
Intentando poner una voz intimidante, pregunto: – ¡¿Quien anda ahí?!
Estaba estirando su brazo para encender la luz del living cuando ve una sombra que se abalanza sobre él y lo toma por el cuello.
Intentó con la linterna dar un golpe hacia atrás de su hombro sin éxito.
En el forcejeo logra zafarse para ver a su agresor, pero este tenía la cara cubierta con un pasamontañas negro.
Intenta prender la luz nuevamente y recibe un manotazo mientras el encapuchado intentaba escapar.
Empuja a don Manuel para apartarlo de la puerta de calle, sin éxito, ya que este se resistía.
El encapuchado bota el cuchillo que tenía en la mano y las pocas especias que había logrado sacar. Lo único que quiere es huir de la casa.
Al ver que soltó el cuchillo, don Manuel se abalanza rápidamente sobre el encapuchado y se produce un forcejeo nuevamente. No había golpes, solo un tironeo de ropas. El asaltante solo quería llegar a la puerta y don Manuel no permitiría que eso pasara.
Envuelto por una rabia, y una valentía única en ese momento, don Manuel solo quería reducirlo para llamar a la policía y que se lo llevaran.
No estaba dispuesto a dejar esto impune. Era su casa, era su familia la que estaba en juego, y estaba decidido a defenderla como sea.
Entre empujones y sin quererlo, se prende accidentalmente la luz del living. El asaltante, al sentirse expuesto por la luz, intenta una vez más llegar a la puerta para escapar. Trata de liberarse de los puños que don Manuel tenia apretados en su ropa.
Manotea para zafarse y, en ese nuevo forcejeo, don Manuel logra arrebatarle el pasa montañas que cubría su cara…
Se miran fijamente a los ojos; don Manuel, con el pasamontañas en la mano y la cara llena de incredulidad le dice:
– ¿¡ Pepe !?
– ¡Profesor perdóneme, no sabia que era su casa!…
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