EL CANICA



    Corría la década de los 80 y uno de los momentos más esperados del día eran los recreos en el colegio, esos cortos de 15 minutos pero que te daban el tiempo suficiente para ir al baño y salir al patio.


    En esa época las bolitas o canicas (como las llamaba un compañero extranjero) no era solo un juego, era un casino que se montaba en minutos cuando salías de clases.

    Los millonarios no se median por dinero sino por los que mas bolitas tenían. Algunos incluso ostentaban bolsas llenas de ellas. Eran como monedas de oro para nosotros. Era todo un mercado el que se armaba en cada recreo. 


    Las bolitas se jugaban, se transaccionaban, se cambiaban, pero donde verdaderamente estaba tu prestigio, era en ganártelas.

    Los ganadores eran admirados y, algunos incluso, envidiados.


    Aquel día estábamos armando el circulo en el piso para jugar. El objetivo intentar, a través de tiros, sacar la mayor cantidad de bolitas del círculo. Las que lograbas sacar, eran tuyas.

    Yo, no tenia muchas bolitas y tampoco una gran destreza para ganarlas como alguno de mis compañeros.


    El colegio se paralizaba en los recreos y participaban de todos los cursos ahí.

    Los mas grandes también jugaban, por lo que se hacia mas difícil la tarea de ganar bolitas. Los “Tiritos” y los “Ojos de gato” eran la moneda de apuesta para todos. Sin embargo, en lo más alto de la categoría, estaban los 2 compañeros que tenían “Bolones”. 


    El Fabián era dueño del Bolón Chino; una hermosa pieza inalcanzable, de color blanco con un pequeño jaspeado que lo hacía parecer una piedra preciosa. Su tamaño era como una pelota de golf, y solo podías jugar tu opción para ganarlo a 25 pasos de distancia y la precisión de un halcón. 


    Todos los tiros fallidos eran bolitas para él, por lo que ganaba muchas bolitas al día. 

    Muy pocos habían ganado uno de esos, y los que ganaban lo guardaban como un tesoro.


    Pero aún mas arriba en la jerarquía, estaba Andrés, quien era dueño del único Bolón de acero en todo el colegio.

    Ese, sin duda, era el Santo Grial, el Arca de la Alianza que muchos queríamos alcanzar, pero que resultaba casi imposible por la distancia de 30 pasos desde donde probabas suerte.

    Era una hermosura, reflejaba todo el entorno como un espejo, parecía un diamante pulido y él lo guardaba celosamente en una caja con algodón para cuidarlo. Todos sabíamos que le pertenecía, por lo que robárselo hubiese sido un error. Quedarías al descubierto de inmediato.


    En los códigos de patio el Bolón no se cambiaba ni se compraba, se ganaba.


    Ese día, me había ido particularmente mal, y como solo me quedan 5 bolitas, (que ya tenia asumido que iba a perder), decidí probar suerte con el gran Bolón de acero de Andrés. Me posiciono a los 30 pasos y me doy cuenta de que tendría que tener un ojo de águila para hacer puntería. 

    Como en mi mente las bolitas ya estaban perdidas, me sentí mas seguro y le dije: 

– ¡Voy!.

– Dale, me replico.


    No estuve cerca de ganar en mis dos primeros intentos por lo decidí concentrarme más para los siguientes tiros.  

    Falló el tercer intento, pero éste cayó lo bastante cerca como para ilusionarme de que sí podía acertar en los tiros que me quedaban.

    Ultimas 2 bolitas para intentarlo, y sentía que cada vez estaba mas cerca de ganar. Tiro la penúltima y cae a escasos centímetros del Bolón de acero. A Andrés se le abrieron los ojos más de lo habitual. 


    A esa altura ya me había convencido de que sí podía lograrlo. 

    Me preparo y apunto. Era mi última chance para lograr ese Santo Grial.

    Me concentro, miro, corrijo la posición de mi mano. Tiro.

    Los segundos se hicieron eternos hasta que…

    ¡Gane!


    Miro a Andrés y él aceptó la derrota. Recogió las bolitas que quedaban en el suelo. Tomo el Bolón y me lo dio en la mano con la mirada de un hermano mayor.


    Miro a mi alrededor y todos me miraban con asombro. Una inyección de ego recorrió mi cuerpo y me sentí el millonario del colegio. Había llegado al Olimpo, lo había logrado.


    Hasta el inspector general que estaba ahí me miró con gusto.

    Le pregunto cuanto quedaba de recreo y me dice 5 minutos.



    Sin pensarlo dos veces, tomo el Bolón de acero, lo ubico donde estaba, cuento los 30 pasos y miro para esperar a mis clientes.

    Todos se agolparon para intentar ganárselo. De pronto, sin quererlo ni buscarlo, empezaron a caer bolitas a mis pies. Rápidamente comencé a echármelas al bolsillo, pero era tal la cantidad que tuve que pedir una bolsa para guardar mi botín.

    Nadie le acertaba, y mi capital de bolitas aumentaba conforme los minutos pasaban.


    Timbre, hay que entrar a a clases.


    En 5 minutos logre tener más bolitas que en toda mi vida y mas encima conservaba el Bolón de acero. ¡Era millonario!


    En mi frenesí, por esos 5 minutos de fama y fortuna, no alcancé a tomar todas las bolitas que quedaban en el suelo por los intentos fallidos de mis compañeros.

    Me concentré en mi Bolón de Acero, el que tomé con mi mano derecha que era la más fuerte. Tenía los bolsillos llenos de bolitas, además de una pequeña bolsa también llena.


    Eufórico corro a la sala con alegría y el orgullo de ser el nuevo numero 1 del colegio. Tenía tanta energía que comencé a subir las escaleras de a 2 peldaños por vez.


    1, 2, 3, 4, y en el quinto salto, a mitad de la escalera, mi pie derecho me juega una mala pasada  y choca con el borde del peldaño. Como mi cuerpo iba más rápido que mis pies, me voy de cara al suelo junto con mi dignidad.


    Mientras voy cayendo, veo en cámara lenta, como mis manos sueltan parte de mi botín, me voy al suelo y desciendo 4 escalones dando vueltas. 

    Mientras eso pasaba, todas las bolitas que llevaba, incluidos el Bolón, se elevaron por el aire mientras mis ojos no daban crédito a la caída.


    Ninguna bolita alcanzó a llegar al suelo ya que, mientras me estaba cayendo, ya habían muchas manos interceptando cada una de las bolitas que flotaban en el aire.


    Cuando termino de caer, veo solo caras riéndose. Quedé en el suelo sin bolitas, sin Bolón, y ningún responsable. El delito quedo impune…





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