DEL BARRIO
Recuerdo como si hubiese sido ayer. Mis padres me tenían prohibido dar la vuelta a la manzana, ya que decían que era muy lejos para mi corta edad. Corría la década de los 80 y el ambiente del país estaba un poco convulso. A ratos se ponía peligroso, pero donde yo vivía era un barrio acomodado. Nadie era millonario, pero sí teníamos un buen pasar, ya que la mayoría tenía padres profesionales y madres dueñas de casa.
Aunque vivíamos bien, y era uno de los lugares seguros en ese entonces, a mí y a la mayoría de mis amigos nos tenían prohibido alejarnos de casa.
Como era lógico, esa prohibición era para mí una invitación a hacerlo; sin embargo, nunca encontraba el momento justo.
Vivía dentro de un pasaje, que en ese entonces era todo nuestro campo de juego, ya que la mayoría no podíamos salir de ahí, ni cruzar la calle. Solo se nos permitía ir a la esquina más próxima a comprar algún encargo.
Esa esquina era maravillosa, había de todo ahí: el almacén de don Venancio, el local de pollos asados y la farmacia de don Cristian. Cerca también estaba el local de la Polla Gol al lado de la vulcanización.
La verdad es que no nos faltaba nada. En el local de pollos asados vendían también berlines, que eran mis preferidos. Si bien eran caros para mí en ese momento, nunca faltaba el vuelto que dejaba mi mamá en la cocina, para que yo lo tomara, y fuera por mi berlín con mermelada. —¡Por Dios, qué ricos eran!
Mi pasaje era como la vecindad del Chavo; estaba la señora viejita con su nana, la familia seria y distante, un viejito que se peinaba como Elvis y un militar que vivía junto a su familia.
Había un profesor también con sus hijas, y como la mayoría de los papás tenían edades similares, nosotros, sus hijos, teníamos casi la misma edad. La única excepción eran los hermanos mayores de alguno de mis amigos.
Un día, en mi aburrimiento y creatividad, decidí aventurarme solo a dar la vuelta a la manzana. Pensé que lo mejor era en bicicleta, ya que sería más rápido.
Mi padre se iba a trabajar temprano en la mañana y llegaba cerca de las 7 de la tarde. Mi madre era el escollo que tenía que sortear, ya que entraba y salía de casa sin horario predecible.
Vivíamos cerca de la calle principal del barrio. Era una de las maravillas de vivir en ese lugar; bancos, supermercados, farmacias, librerías, peluquerías, todo lo que te puedas imaginar estaba en esa calle.
Mi plan estaba listo, y solo debía esperar a que mi mamá saliera para aventurarme. Estaba nervioso, muy nervioso, ya que no lo había hecho nunca, y tampoco sabía si tendría éxito al hacerlo. Mamá me grita que va a salir y que me porte bien. Rápidamente me acerco y con la mejor cara de inocencia le pregunto: –¿Dónde vas?
Al supermercado, me responde.
Una dualidad se me presentó; por un lado era bueno, ya que siempre se demoraba cuando iba para allá, pero por otro lado, y no tan bueno, era que el supermercado quedaba cerca de la casa en la calle principal.
—¿Vas caminando? —le preguntó.
Esto con la idea de saber si tenía más tiempo para mí.
–No, voy en auto, me dijo.
Quedé en el limbo, pero no importa, ya lo tenía todo planificado, así que lo haré.
Mi mamá salió, y calculando el tiempo, salí con mi bicicleta. Paré en la entrada del pasaje para verificar que mi mamá no estuviera cerca y partí.
Mi sensación era de estar haciendo algo muy malo, pero mi instinto aventurero me empujaba a seguir. Llegué a la primera esquina y, con más nervios que certeza, seguí. Llegué a la segunda esquina; estaba lo más lejos que jamás había llegado en bicicleta. Ya solo queda devolverse. Seguí. Tercera esquina, y así la última. Ya estaba en zona segura. Lo logré, lo hice.
Llegué rápidamente a la puerta de mi casa; mamá no había llegado aún, y sentí un gran alivio. Mi fechoría había salido perfecta. Nadie me vio, no hay reto, no hay castigo, todo bien.
Los amigos del barrio no solo éramos los del pasaje, sino también los de las casas que estaban saliendo de él rumbo a la esquina segura, a la que nos dejaban ir a todos.
De ellos el que llamaba mi atención era el Paco, que en realidad se llamaba Francisco, pero todos lo conocíamos por Paco.
Mi atención se centraba en él, ya que tenía la bicicleta más grande y robusta de todos en la cuadra; además, era el más grande y fornido de todos. El gigante bondadoso le decían algunos, ya que nos cuidaba como hermano mayor a muchos de nosotros.
En esa época yo tenía una bicicleta “MINI CIC”. La que después se hizo más conocida por la película “Machuca”. Era fea, y no tenia nada, pero a mi me encantaba ya que me podía mover en ella.
La que tenía el Paco era otra cosa. Se la habían traído de afuera o eso nos dijo. Era grande y parecía una moto. Tenía un diseño como una chopera. Con un asiento con respaldo y como tenía cambios (la única del barrio que los tenía), emitía un chirrido muy particular cuando pedaleaba. Me encantaba.
Por supuesto, no se la prestaba a nadie. Solo la usaban él y su hermano.
Algún día tendré una así, pensaba yo.
Un día decidimos jugar al tránsito, yo estaba feliz, ya que estaban casi todos mis amigos del barrio ese día.
Me encantaba jugar al transito, porque si tu eras el carabinero, le podías confiscar la bicicleta a cualquiera. El dinero eran las cartillas de la polla gol que nos robábamos a puñados desde la agencia de la esquina.
Voy por mi bicicleta, y sorpresa, estaba pinchada la rueda trasera. Que decepción.
Salgo y les digo que yo sería el carabinero, ya que no tenía bicicleta.
A nadie le importó, así es que me autonombré “el Carabinero”.
Mi mente pensó rápidamente que era una oportunidad perfecta, así es que elaboré un plan. Siendo carabinero le podía confiscar la bicicleta al Paco. Claro que sí se negaba; no podía hacer nada, ya que era mayor y más grande que yo. Como sea, seguí mi plan igual.
Todos partieron a dar la vuelta a la manzana y yo, para apurar la confiscación, caminé en sentido opuesto para encontrarlos más rápido. Como ya había dado la vuelta a la manzana antes, tenía más claro cuánto tiempo se iban a demorar en dar la vuelta.
Sin darme cuenta llegué a la primera esquina, y continué caminando. Antes de llegar a la segunda esquina vi que venían los mas grandes. Ahora es mi oportunidad.
Pasa el primero, pasa el segundo y ahí venía el Paco. Me mira, y le hago señas de que se detenga. Me quedó mirando, se sonrió y siguió.
Mi plan no estaba funcionando. Se supone que yo era el Carabinero.
Bueno, pensé, haré parar a cualquiera para llevarme su bicicleta y así no tener que caminar de vuelta. Ahí venía el resto. Les hago señas de que se detengan y nadie lo hizo.
Ya medio enojado, pensé esperar al par de gorditos del grupo, ya que seguro ahí podría tomar una bicicleta.
Nunca llegaron; se deben haber dado la vuelta.
Entre decepcionado y enojado, comencé a caminar rumbo a mi casa. También algo nervioso, ya que estaba en la zona prohibida; dando la vuelta a la manzana completa y además sin bicicleta. Todo estaba mal.
Mientras caminaba de vuelta, pensaba alguna mentira en caso de que mis padres hayan notado mi ausencia, y otra mentira en caso de que se hayan dado cuenta de que había ido a dar la vuelta a la manzana.
Si tengo suerte, pasaran por aquí de nuevo alguno de mis amigos y le diré que me lleve. Las MINI CIC tenían una parrilla sobre la rueda trasera que permitían llevar a alguien ahí, con los pies colgando, pero se podía.
De pronto y sin aviso comienza a caer una llovizna. La situación iba de mal en peor para mí. Seguí caminando y la llovizna se comenzó a transformar en una lluvia leve. Comenzaba a mojarme. Apuré el paso para llegar pronto, pero me faltaba bastante aún.
Estaba en eso, cuando un estruendo me sacó de mis pensamientos.
¡Un trueno!.
De pronto todo se volvió negro, y como nunca, comenzó a correr un fuerte viento.
Sin darme cuenta, lluvia, truenos y relámpagos estaban sobre mí. Comencé a sentir miedo, ya que todo era adverso y el panorama en casa no sería mejor si me pillaban.
Las gotas se comenzaron a transformar en granizo y ahí el miedo se apoderó de mí. No había nadie en la calle y decidí refugiarme debajo de un árbol. El suelo era de tierra, pero a esas alturas ya era todo barro.
Mis zapatillas comenzaban a quedarse enterradas antes de que pudiera llegar cerca del tronco. Más truenos y más relámpagos sazonaban todo esto.
Pensé quedarme ahí un rato, pero me preocupaba que mi mamá notara que yo no estaba en casa, viendo el clima de afuera…
Estaba comenzando a ponerme a llorar por la desesperación. Los granizos comenzaban a caer cada vez con más fuerza, y los destellos de los relámpagos solo aumentaban mi miedo. El sonido de los truenos remecía todo, incluso a mí.
Mi cabeza funcionaba rápido pensando en cómo saldría de esto, cuando de pronto y de la nada, siento un chirrido. Sin poder ver demasiado, me pongo alerta y las manos sobre mis ojos como visera para poder ver qué producía ese ruido, cuando de pronto lo veo…
El Paco venía en su bicicleta a buscarme…
Mis padres nunca supieron lo que pasó, pero ese día, yo entendí lo que era la lealtad.
Me subí mirando hacia atrás, abrazado al respaldo de su gran bicicleta. Llegamos a la puerta del pasaje, me bajé y partí hacia mi casa.
Mamá estaba en la entrada y pregunta: —¿Dónde estabas?, estás todo embarrado.
Fui a la esquina a comprar un dulce, le dije.
Mis padres nunca supieron lo que ese día pasó; para mí fue una aventura.
Se anima un poco más y llega hasta la agencia de Polla Gol para sacar las cartillas que las usábamos como billetes jugando al tránsito.
Mamá lo pilla y castiga.
Siguió normal todo hasta que un día los grandes del barrio deciden todos dar una vuelta a la manzana. Estando en la esquina, se pone a lloviznar, y de pronto nubes negras, viento inusual, y comienzan los truenos y relámpagos acompañados de una lluvia torrencial que se fue transformando en granizo.
Él iba a pie y todos se fueron. Los de las bicicletas, rápido, y otros corriendo.
De pronto se vio solo y comenzó a granizar.
Truenos, relámpagos y granizo. Sentía miedo y se refugió instintivamente bajo un árbol Todo se veía gris. Miedo por el clima y por el lugar donde estaba.
De pronto, chirrido de una bicicleta; era el paco que vino por mí Sube, me dijo.
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