ALMA MARINA
La vida no era fácil para don Venancio, que es buzo mariscador, y con el tiempo ha tenido que ampliarse a la pesca con redes. Cada día le cuesta más llegar a fin de mes. El dinero de lo que extrae no le alcanza, a pesar de sus esfuerzos.
Heredó este oficio de su padre, y él de su abuelo. Ha sido el trabajo por generaciones, pero hoy en día, con la sobre extracción, todo se ha vuelto más difícil para él.
Cada mañana, muy temprano, pone sus redes esperando que al día siguiente algo haya caído. Pedro, su hijo mayor, es quien lo acompaña cada mañana, fiel y orgulloso del oficio y de su padre.
Es joven y fuerte, además de tener un gran espíritu que le da energía a don Venancio para seguir adelante.
Sienten un orgullo mutuo y son un gran equipo; raramente discuten, ya que comparten la forma de ver la vida y el trabajo, lo que los complementa.
Pedro es quien arma los pertrechos cada mañana. Al ser minucioso y ordenado, es él quien se ocupa de lo que van a llevar cada mañana: los implementos que necesitan, chequear los elementos de seguridad y todo lo necesario.
Aquella mañana todo partió todo como de costumbre: Pedro ordenando lo que había que llevar y don Venancio alistándose para partir.
Todo estaba bien, solamente en la cabeza de Don Venancio existía cierta inquietud. No se sentía cómodo ese día, y su mente se llenaba de pensamientos extraños, a diferencia de otros días.
El clima estaba enrarecido. Había viento y llovizna intermitente. Hacia mucho frío, ya que era pleno invierno.
Al llegar a la playa, se dieron cuenta de que la marea estaba fuerte y el agua tenía un color gris. La espuma en la orilla dejaba ver la dirección de las corrientes.
Por seguridad optaron, como nunca lo hacían, por entrar ambos al agua para poder sacar más rápido la cosecha e ir por la segunda red que se encontraba un par de kilómetros más allá.
Al entrar al agua, se dieron cuenta de inmediato lo gélida que estaba y de la fuerza de la marea.
-Hagámoslo rápido-, dijo don Venancio.
Se acomodaron sus máscaras de buceo y procedieron. La red estaba instalada a muy poca profundidad, pero la suficiente para hacer la maniobra lo mas rápido posible, ya que la corriente se sentía fuerte.
Don Venancio toma la primera línea y dirige a Pedro para tome la segunda, para así poder jalar al unísono. Pedro se sumerge para asegurar la segunda línea, y don Venancio hace lo mismo.
En esos cortos segundos, Don Venancio siente que una fuerte corriente le pasa por sus rodillas, lo que lo obliga a aferrarse con fuerza a la cuerda. Le da un par de vueltas sobre su muñeca para encontrar seguridad y jala. El agua estaba turbia, por lo que solo alcanzaba a ver lo que sus manos hacían. De pronto, una turbulencia lo suelta de la cuerda y lo arrastra un par de metros. Con algo de consternación, sale a la superficie y se da cuenta que habían sido varios metros los que se movió.
Rápidamente busca a su hijo pero no lo ve.
Mira en dirección a la playa para ver si se adelantó a salir del agua, y nada.
En estado de alerta, se vuelve a sumergir. La visibilidad es muy mala, por lo que solo tiene la esperanza de sentir alguna parte del cuerpo de Pedro en caso de que estuviera sumergido.
Los segundos se vuelven eternos al darse cuenta de que no está. Su respiración se agita aún más y su mente solo busca respuestas. Vuelve a sumergirse, y nada. Intenta buscar alguna señal en la superficie, y nada.
Rápidamente entra en pánico y comienza a gritar mientras flota y la corriente lo aleja de la playa.
No hay señal alguna de Pedro. Intenta por ultima vez sumergirse sin éxito.
En ese instante, busca algún otro pescador en la playa para pedirle ayuda, y no hay nadie, solo su camioneta.
Con mucho esfuerzo, nada en dirección a la playa para llamar por ayuda. Los minutos son vitales, y quizás desde allá, con mas perspectiva, pueda a ver a Pedro flotando en algún lugar.
Logra salir del agua, se saca las gualetas lo mas rápido que puede, y corre en busca de su teléfono para pedir ayuda.
La ayuda llegó muy pronto, pero no había señal alguna de Pedro, y mucho menos una explicación de que había sucedido.
Los equipos de rescate le dijeron que esa mañana habían dado una señal de alerta por fuertes marejadas y ahí entendió porque no habían otro pescadores en la zona.
Lentamente, don Venancio se comienza a derrumbar, entendiendo que nada bueno podía pasar. Su alma le hacia mantener esperanza, pero su mente sabia que las probabilidades se volvían más escasas con cada minuto que pasaba.
Un helicóptero sobrevoló la zona y nada. Pedro había desaparecido.
Entró en pánico y quiso volver al agua para buscarlo, pero se lo impidieron. Forcejeó hasta que abrazó al rescatistas y se derrumbo.
Cayo en una tristeza profunda luego de lo vivido. No encontraba explicación para lo sucedió.
Pasó un tiempo sin ir mar, pero incentivado por su esposa y sus otros hijos, don Venancio decidió volver al trabajar. Con el alma destrozada y lagrimas en los ojos por los innumerables recuerdos, entró al mar para poner las redes, tal como lo hacía con su hijo Pedro cada mañana.
Al día siguiente, un poco mas repuesto, volvió al mar para recoger las redes. Enorme fue su sorpresa al ver que las redes estaban llenas de peces.
Cuenta la leyenda local que, a partir de ese día, don Venancio encontraba cada mañana sus redes colmadas de peces.
A pesar de su gran dolor, y en lo profundo de su corazón, él sabia que era su hijo quien lo ayudaba.
Hoy en día, Pedro es un alma marina que nada libre…
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