ESE DIA...


    Llegó a casa cuando apenas tenía 6 meses; cómo olvidar aquel día. Apenas lo vimos, supimos que se llamaría REX, un hermoso pastor alemán de pelo largo, una bolita de algodón con 2 orejas y un gran entusiasmo.

 

    Desde que entró a casa, causó furor en la familia, y rápidamente lo hicieron propio.

    Tenía una de sus orejas caídas, lo que le daba ese toque de ternura extra en relación a cualquier otro cachorro.

    Vivaz, despierto y siempre atento a cualquier estímulo, no tardó mucho en acostumbrarse a la casa y a nuestra familia.

 

    Todo lo que estaba a su alcance pasó a ser un juguete más, algunos de los cuales no sobrevivieron a sus dientes y entusiasmo. Todo era juego para él, cada cosa un estímulo, todo por ver, todo se perseguía, todo se manoteaba y, al final, por supuesto, se mordía.

    Son innumerables las cosas que vivimos en esa etapa. Todas y cada una de ellas, inolvidables.

    También había momentos de paz, de conexión, donde se acurrucaba a mi lado y dormía. A veces soñaba con espasmos…

 

    Creció muy rápido y casi sin darme cuenta ya era un robusto adolescente.

    Recuerdo en esa etapa cuando, por perseguir una gaviota, una ola lo revolcó. Con cara de espanto me miró buscando una reacción mía que solo fue una carcajada por la situación.


    Rex no solo era una mascota, sino un integrante más de la familia. Salía con nosotros en auto, íbamos a vacacionar con él, nos acompañaba a excursiones o a hacer deporte por las mañanas. Siempre fue parte activa y presente en nuestra vida hasta el día de hoy.

    Como si fuese ayer, recuerdo aquel día que llegó y comenzó esta hermosa aventura juntos.

    

    Ya han pasado 14 años desde aquel día…

 

    Aquella mañana, como siempre, lo primero que hice fue ir a ver a Rex. Por su avanzada edad se mueve poco y noté que su semblante ese día era distinto; su mirada dejaba entrever algo.

    ¡Rex, hola, perro loco!

    Ningún gesto. Su mirada se clavó en la mía sin expresar emoción alguna. Comencé a acercarme pensando que por su vejez no me había oído. Me agaché y nos quedamos mirando. Su ceño se cerró y lentamente comenzó a levantarse. Su cola se alzó al igual que los pelos del lomo; mi mente funcionaba veloz al no entender su gesto. Sus pupilas comenzaban a dilatarse mientras mantenía fija su vista en mis ojos.

    Un escalofrío me recorrió, como una reacción biológica de mi cuerpo.

    ¡Rex! ¡Rex! Soy yo…

    

En cuclillas, mientras comenzaba a retirarme, mi mano presionó sin quererlo su juguete preferido. El pitido rompió el momento; lentamente abrí mi mano para tomar el juguete, lo cogí y lo acerqué con cautela a su hocico. Nuestras miradas no se apartaban cuando noté que sus pupilas comenzaban a contraerse, sus orejas a bajar al igual que los pelos de su lomo. Con lentitud su semblante cambió, su cola comenzó a moverse y volvió a mirarme como siempre…


Rex me reconoció…

 

Comentarios